Espejo

Apenas tenía doce años cuando tuve (podría decir) mi primera experiencia sexual.

La terapeuta se ajustó las gafas y puso cara de haber escuchado una historia similar siete millones de veces.

Fue con trece mujeres.

Entonces le miró por encima de las gafas que se acababa de ajustar, arqueó las cejas para subir la mirada, y empezó a prestar mucha más atención. Pero no dijo nada.

Mi madre en aquel tiempo se había formado como “doula”, algo así como una acompañante en los partos y las lactancias. Trabajaba duro para demostrar la importancia de la femineidad, en una época en que lo femenino estaba ligado más a una selección de textos de la revista de la Sección Femenina que a lo que hoy en día se entiende como feminismo. Pero ella fue la impulsora, en aquella isla semirevolucionaria, que se llenaba de alemanas y suecas en topless durante el verano, de intentar inculcar a las mujeres de la zona otra visión de su propia vida y de ellas mismas

La terapeuta se sintió perdida, pero viendo que su paciente no entraba en detalles le apremió para que fuese al centro de la cuestión.

Una mañana compró trece espejitos de mano en el mercadillo de las Dalias. No eran muy grandes y acabaron siendo diferentes entre sí: unos redondos, otros alargados, otros como la palma de una mano… un poco más grandes, un poco más pequeños…. Llegaron por la tarde el grupo de doce mujeres a las que les estaba enseñando desde técnicas de relajación a anatomía básica, aprovechando que mi hermana y yo pasábamos la tarde en la playa o jugando con las mimosas. Pero ese día llovía. Aburrido, entreabrí la puerta de la sala donde mamá daba sus clases. Colé una mirada por el resquicio de la puerta y me encontré con trece mujeres (mi madre incluida), desnudas de cintura para abajo, la mayoría en cuclillas y con un espejito entre sus piernas en búsqueda de su femeneidad.

La terapeuta sonríe….aunque la visión del momento en un niño de doce años se le antoja pelín traumática.

Sólo años después de haber visto y saboreado varios he sido capaz de olvidar la repulsión que sentí en aquel momento al visualizar el reflejo de algunos de aquellos espejos, a escondidas y que, a pesar del asco momentáneo que sentí, no podía dejar de observar.

Se produjo un silencio de unos minutos y tanto la terapeuta como yo miramos el reloj. La sesión había terminado. Le entregué uno de aquellos espejos y le dije adiós

The origin of love

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