Musgo

Recuerdo. Porque soy memoria.

Vivíamos en una casa, al pie del Tibidabo, donde los inviernos eran inviernos: fríos, con hielo, a veces nieve, …. Y los veranos eran veranos, al pie de un níspero, todo el día jugando en un jardín que hoy se me antoja salvaje.

Aquel bosque en otoño se llenaba de ardillas. Mi padre traía piñas para el fuego, que chirriaban al quemarse, como si los jugos no soportasen tanto calor. Se conocía los caminos como si fuesen los surcos de sus manos. Los recorría casi cada día limpiándolos de la maleza, cortando árboles infinitos para proteger las líneas eléctricas. Yo me lo había imaginado alguna vez salvando a Caperucita o cruzándose con los enanitos de Blancanieves.

En invierno, me llevaba con él a recoger musgo. Nos pasábamos una tarde montando el belén. Buscábamos una roca que hiciese de montaña y con papel de plata imitábamos el río. Yo juntaba piedritas blancas a escondidas, que recogía del jardín de la señora Amanda. Recuerdo a papá diciéndome que no cogiese las piedras, que entonces nacerían yerbas… Yo no entendía en aquél momento que fuese malo que naciesen yerbas. Diseñábamos un camino de arena para los camellos, desde las montañas hasta el establo, donde había una cuna vacía en la que yo a veces ponía un conejito o un pollo diminuto de plástico. Salpicaba las figuras aquí y allá. Tenía un puente para cruzar el río de plata… y hacía pasar el camino por el puente, aún sabiendo que los camellos no cabrían y tendrían que vadear el río cuando llegasen al pueblo. A veces sacaba la mula y el burro fuera del establo, como sabía que mi abuelo hacía con las vacas, cuando las llevaba a pastar, allá en Galicia. Con celo, enganchaba una estrella de cartón en la pared, imitando un cometa que se sabe que existió. Cada día movía un poco los camellos, simulando el viaje imaginario de tres hombres a un destino impreciso.. Un día el hombre negro se cayó. Y del susto salieron corriendo las ocas, que espantaron al perro del pastor..y las ovejas se fueron corriendo hacia las montañas… y quedaron esparcidas por el bosque.

Al acabar las navidades, justo el día antes de volver al cole, guardaba todas las figuras en una caja, que dormirían hasta el siguiente invierno. Entonces mamá se deshacía de las piedras blancas, de la arena del camino, de las ramitas que habían sido árboles, del musgo y del papel de plata que había sido río.

Old Pine- Ben Howard

Verdor

Cristina no abrió los ojos al nacer. Estuvo unos veinte días con los ojos cerrados. Las abuelas decían que era normal, que no nos preocupásemos, que lo extraño es lo que pasa ahora: que los niños nacen con los ojos abiertos. Y con un móvil debajo del brazo. Que eso es lo que no es normal.

Ella empezó a abrir los ojos poco a poco. Primero sólo de noche. Me tranquilizó entrever unos ojos negros, tan oscuros… y parecidos a los de una gata. Tenía las pupilas dilatadas, de la oscuridad: de la propia y de la ajena.

La primera vez que abrió los ojos por completo, todos sonreímos. Aunque no acertaba a fijar la vista en ningún objeto en concreto. Parecía que el cristalino estuviese flotando por el humor vítreo a su antojo. Eran de un color indefinido… entre una gama de marrones y grises.. Llegué a pensar que incluso tenían una pizca del color amarillo, como un reflejo de las paredes de su habitación.

Aquel verano caluroso, lo pasamos en la playa. Cuando regresamos a casa sus ojos tenían el color azul turquesa de Cala Macarelleta. Todos decían que era normal, que a los niños les cambia el color de los ojos, y que hasta que no cumpliese al menos los dos años no tendrían un color definido.  Al volver, el tono de sus ojos volvió a la gama de marrones. A días más claros y a días algo más oscuros. A mí me seguían preocupando unas pequeñas manchas amarillas aquí y allá, cambiantes, en la pupila.

Con siete años decidimos cambiarle la habitación. Cristina escogió un verde botella para las paredes y lo combinamos con un verde manzana. También cambiamos los muebles, aunque aproveché algunos de los que tenía y los restauré y los pinté también de verde…. Durante los días siguientes, después de haber pintado las paredes, desaparecieron las manchas amarillas. Sus ojos empezaron a adquirir un color similar al de los helechos en invierno, y aparecieron unas pequeñas manchitas verdes más claras.

Este año cumplirá 15 años. Quiere pintar las paredes en tonos rosas y violetas, pero se lo he prohibido. Yo ya me he acostumbrado al verdor de sus ojos.

Ojos verdes-Concha Buika

Fíbula

Durante todo el verano mamá estuvo tejiendo aquel chaleco. Tuvo la paciencia de deshacer el jersey que la abuela le había hecho a papá, unos años antes, planchar la lana, enredarla en una madeja y volver a tejerlo. No le puso botones. Lo unía a su pecho con una fíbula que papá compró para ella en Inverness. Una especie de aguja con una runa celta grabada, que permitía unir ambos lados del chaleco sobre el pecho. El chaleco era largo y lo tejió con punto de arroz. A pesar de que no tenía mangas, abrigaba lo suficiente para cubrirla en invierno. Agradecía que con el impacto del coche no se hubiera destrozado. Pudo aprovechar prácticamente toda la lana, excepto las hebras que quedaron al deshacerlo,  justo en aquel agujerito que mi padre se había hecho con un cigarrillo ajeno. A veces, se escondía con él puesto en el lavabo. Mi hermano y yo la escuchábamos llorar bajito y sollozar. Yo sé que lo echaba de menos.

May it be- Enya

Una historia del Artesà

Se sentaba todas las mañana a leer el periódico, junto a la ventana. Daba igual si era invierno o verano, si el local estaba lleno o no, si las luces encendidas o apagadas. El ritual era llegar al bar, acercarse al estante donde se acumulaban los periódicos de la semana y rebuscar el del día, emitir un gruñido a la barra que el camarero interpretaba siempre correctamente, y con pasos pequeños, ajustados a su tamaño y a sus años, el abuelo se sentaba en la mesa del final, mirando hacia la ventana.

Él era ajeno a la belleza del lugar, a los mosaicos hidráulicos que hacía décadas dibujaban alfombras caprichosas, a las lámpara de formas y colores diferente que iluminaban la estancia, a los techos abovedados, a las mesas de pie de forja, a las cortinas que separaban los diferentes espacios del local, a los espejos de diferentes tamaños y marcos que decoraban las paredes…. Él también formaba parte de ese entorno peculiar y sin embargo, apenas percibías que estaba allí. Estaba tan integrado en aquel espacio, que aquella mañana en que dejó de aparecer y no rebuscó el periódico diario, ni gruñó al camarero, ni se sentó en aquél rincón…. nadie lo notó.

Lindes

El abuelo tenía las manos grandes. Como todos los abuelos. Arrastraba los pies suavemente, enfundados en sus zapatillas de paño desgastadas por el tiempo. Se aferraba al bastón, con la precisión de un atleta. Tenía una sonrisa limpia, unos ojos curiosos que habían ido perdiendo el brillo de la juventud pero ganando la lucidez de los años. Solía vestir igual en invierno que en verano, excepto por la ropa interior, que en invierno era de mangas y piernas largas. Tenía la voz cansada, arqueaba las cejas cuando algo le sorprendía y fruncía el ceño cuando estaba molesto por algo.  Nunca pudo, ni quiso, evitar que sus gestos mostrasen cómo se sentía en cada momento. Y se quejaba que sus hijos no fuesen como él, que fuesen como su madre, tan estoicos y tan inmóviles. Siempre sentía que tenía que adivinar si estaban tristes o contentos.

La abuela, sin embargo, tenía las manos pequeñas. Curtidas por el agua, el jabón y la tierra… pero pequeñas. Solía vestir de negro y gris, y siempre llevaba un delantal con un enorme bolsillo delantero, donde podías encontrar pequeños tesoros para sus nietas: horquillas, pinzas de la ropa, alguna piedra, una nuez… Nunca era lo que parecía. A veces la veías risueña y sin embargo estaba ascendiendo desde los mismos infiernos. O cuando creías que iba a estallar en cólera, soltaba una carcajada y te acariciaba el pelo. Acostumbraba a llevar todo en la cabeza: desde la economía doméstica hasta la cubeta de la ropa. Todo el peso caía sobre aquella cabeza. Lo supe el día que fuimos a coger berberechos a la ría y llenamos un barreño. Entre mi padre y mi tío lo llevaron un buen trozo, sudando, hasta que ella dijo que se lo pusieran en la cabeza. Entonces utilizó su delantal enrollado para apoyar el barreño y sus hijos se lo subieron. Como buena funambulista puso las manos atrás y marchamos todos juntos hasta el coche. Yo creo que recorrió más de dos kilómetros con más de veinte kilos de berberechos en su cabeza.

Por la tarde, el abuelo se echaba a dormir la siesta, mientras la abuela acababa de recoger en casa, o le daba de comer a los cerdos, o aprovechaba para limpiar alguna hierba caprichosa en la huerta. Luego tomaban juntos el café. Era el único momento en que las lindes entre los dos se desdibujaban. Ambos se ponían la misma cantidad de azúcar, removían el café el mismo número de vueltas, se lo llevaban a la boca al unísono y lo sorbían bien fuerte para poderlo enfriar antes de llegar al paladar.  Cerraban los ojos juntos y recordaban momentos de la niñez que habían compartido, cuando el café y el azúcar y el pan eran escasos.

Luar Na Lubre – Domingo Ferreiro – con Lila Downs

Cerviz

La palabra cayó, dentro de mí, e hizo que me inclinase hasta el cielo;
del gesto cedió la columna a la altura de la cerviz;
se desmontaron mis hombros, cayó mi pecho;
mi piel empezó a llorar hasta dejar enrojecidas mis uñas;
emmudecieron ambos oídos,
y las dorsales giraron internamente;
por efecto de la torsión se produjo una luxación de cadera;
mi femur gimió,
distraído,
fuera del cuerpo;
los sueños saltaron desde las plantas de mis pies al esternón,
que llegó a quebrarse;
del quiebro se abrió un resquicio que llegó hasta un pulmón
y se escapó un suspiro;
busqué tu mano
que, lasciva, jugaba con mi pelo,
evitando el contacto carnal;
pero se rozaron los dedos
y una especie de calambre nos atravesó.
La palabra cayó, dentro de ti, e hizo que te inclinases hasta el cielo (…)

Distant – Loney Dear