Lindes

El abuelo tenía las manos grandes. Como todos los abuelos. Arrastraba los pies suavemente, enfundados en sus zapatillas de paño desgastadas por el tiempo. Se aferraba al bastón, con la precisión de un atleta. Tenía una sonrisa limpia, unos ojos curiosos que habían ido perdiendo el brillo de la juventud pero ganando la lucidez de los años. Solía vestir igual en invierno que en verano, excepto por la ropa interior, que en invierno era de mangas y piernas largas. Tenía la voz cansada, arqueaba las cejas cuando algo le sorprendía y fruncía el ceño cuando estaba molesto por algo.  Nunca pudo, ni quiso, evitar que sus gestos mostrasen cómo se sentía en cada momento. Y se quejaba que sus hijos no fuesen como él, que fuesen como su madre, tan estoicos y tan inmóviles. Siempre sentía que tenía que adivinar si estaban tristes o contentos.

La abuela, sin embargo, tenía las manos pequeñas. Curtidas por el agua, el jabón y la tierra… pero pequeñas. Solía vestir de negro y gris, y siempre llevaba un delantal con un enorme bolsillo delantero, donde podías encontrar pequeños tesoros para sus nietas: horquillas, pinzas de la ropa, alguna piedra, una nuez… Nunca era lo que parecía. A veces la veías risueña y sin embargo estaba ascendiendo desde los mismos infiernos. O cuando creías que iba a estallar en cólera, soltaba una carcajada y te acariciaba el pelo. Acostumbraba a llevar todo en la cabeza: desde la economía doméstica hasta la cubeta de la ropa. Todo el peso caía sobre aquella cabeza. Lo supe el día que fuimos a coger berberechos a la ría y llenamos un barreño. Entre mi padre y mi tío lo llevaron un buen trozo, sudando, hasta que ella dijo que se lo pusieran en la cabeza. Entonces utilizó su delantal enrollado para apoyar el barreño y sus hijos se lo subieron. Como buena funambulista puso las manos atrás y marchamos todos juntos hasta el coche. Yo creo que recorrió más de dos kilómetros con más de veinte kilos de berberechos en su cabeza.

Por la tarde, el abuelo se echaba a dormir la siesta, mientras la abuela acababa de recoger en casa, o le daba de comer a los cerdos, o aprovechaba para limpiar alguna hierba caprichosa en la huerta. Luego tomaban juntos el café. Era el único momento en que las lindes entre los dos se desdibujaban. Ambos se ponían la misma cantidad de azúcar, removían el café el mismo número de vueltas, se lo llevaban a la boca al unísono y lo sorbían bien fuerte para poderlo enfriar antes de llegar al paladar.  Cerraban los ojos juntos y recordaban momentos de la niñez que habían compartido, cuando el café y el azúcar y el pan eran escasos.

Luar Na Lubre – Domingo Ferreiro – con Lila Downs

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