Una historia del Artesà

Se sentaba todas las mañana a leer el periódico, junto a la ventana. Daba igual si era invierno o verano, si el local estaba lleno o no, si las luces encendidas o apagadas. El ritual era llegar al bar, acercarse al estante donde se acumulaban los periódicos de la semana y rebuscar el del día, emitir un gruñido a la barra que el camarero interpretaba siempre correctamente, y con pasos pequeños, ajustados a su tamaño y a sus años, el abuelo se sentaba en la mesa del final, mirando hacia la ventana.

Él era ajeno a la belleza del lugar, a los mosaicos hidráulicos que hacía décadas dibujaban alfombras caprichosas, a las lámpara de formas y colores diferente que iluminaban la estancia, a los techos abovedados, a las mesas de pie de forja, a las cortinas que separaban los diferentes espacios del local, a los espejos de diferentes tamaños y marcos que decoraban las paredes…. Él también formaba parte de ese entorno peculiar y sin embargo, apenas percibías que estaba allí. Estaba tan integrado en aquel espacio, que aquella mañana en que dejó de aparecer y no rebuscó el periódico diario, ni gruñó al camarero, ni se sentó en aquél rincón…. nadie lo notó.

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