Cumulonimbus

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Los cumulonimbus o cumulonimbos son nubes de gran desarrollo vertical, internamente formadas por una columna de aire cálido y húmedo que se eleva en forma de espiral rotatorio. Su base suele encontrarse a menos de 2 km de altura mientras que la cima puede alcanzar unos 15 a 20 km de altitud. Estas nubes suelen producir lluvias intensas y tormentas eléctricas, especialmente cuando ya están plenamente desarrolladas. (WIKIPEDIA)

Humedad. Ladera de barlovento. Intersección. El vuelo de la gaviota. De la alondra. De la corneja. Tropopausa. Estratosfera y litosfera. Y atmósfera. Y esfera. Toda la esfera. Volar. Soñar. Volar. Volar un globo, cual deseo. Y sumergirse en el viento. Y volar otra vez. Reír y morir. Atrapar un sueño. Atrapar una nube. Un cúmulo nimbo.  Desafiar a Coriolis. Un cúmulo de papeles. Impregnar una vida de papeles. Empapelar una vida de alguien. Juzgarlo. Condenarlo. Indultarlo.  Células de tormenta. Ardor. Dolor. Lluvia. Ciclones. Mesociclones. Perfilar una gota. Hacerla lágrima. Soñar con un niño que llora. Amamantarlo. Mecer su cuna. Quererlo. Hacerlo crecer. Dejarlo volar. Entre las multitudes. Un cúmulo de cosas. De personas. Una vida. Dos. Dos vidas enteras. Tres. Multitudes.

Una casa. Un girasol. Un puñado de tulipanes blancos. El mar, azul mediterráneo, o negro cantábrico. El azogue. Olas contra un cristal. Olas contra una playa de arena fina, de guijarros blancos, de rocas puntiagudas. Unas hortensias azules. Un ciprés. Una luz. Un camino que no lleva a ningún sitio. Un bosque de eucaliptus. Y un ciervo, cruzando la pradera a media tarde.

Una vaca mugiendo. Leche caliente. Leche cayada. Miel. Y una hogaza  de centeno y maíz. Una niña suspira. El perro ladra. Y al fondo, un búho o una lechuza ululan. El canto de la muerta.

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De rosarios y madejas

Por las tardes, cuando el calor disminuía, se sentaban en el portal. La abuela en una silla de anea, con las patas y el respaldo de madera, pintada de color verde  y su hermana en una tumbona  plegable y veraniega, de rayas naranjas y amarillas, descolorida por el tiempo.

La abuela se ayudaba a olvidar las horas con un rosario. Las cuentas iban pasando de mano en mano mientras ella murmuraba. Luego anotaba algo en una pequeña libreta y daba otra vuelta. Su hermana, más roja e impía, tejía junto a ella. Al principio y el final del verano, solía utilizar madejas de lana virgen, pero en los meses de más calor, prefería el hilo y el ganchillo. Ambas, concentradas en su labor, sin apenas mirarse y sin apenas hablarse, compartían una extraña manera de meditación.

Antes de la cena, que solía ser frugal, acompañada de un poco de queso y membrillo, aparecía el abuelo Antonio. Solía venir chispado después de la partida de dominó en el bar de Julián que había ido empujando con varios vasos de vino y, a pesar de irse acercando a las dos viejas, cada vez parecía más lejano.  Pasaba el umbral de la puerta sin apenas un lamento. Entonces, la abuela se levantaba, guardaba la libreta y el rosario en el bolsillo del delantal, recogía la silla y desaparecía tras él.  Su hermana siempre se hacía la remolona, acabando un par de vueltas antes de seguirlos. Le permitían, aquellos últimos puntos, observar los murciélagos que ya revoloteaban alrededor de la farola, mirar al cielo, que solía estar despejado y suspirar, de esa manera en que sólo suspiran las solteras. Clavaba las agujas en la labor y envolvía los hilos en una cesta de tela que ella misma había confeccionado hacía muchos años. Plegaba la tumbona, le hacía un gesto a la vecina de enfrente, que le contestaba con un movimiento de la cabeza y desaparecía tras el portón.

 

 

 

Goina

Me senté agotada y miré por la ventana. Descubrí una salamandra, justo debajo del helecho. La higuera aún tenía brevas, aunque no estaban suficientemente maduras. Recordé aquella expresión de mi padre para hablar de las visitas de la tía Tula, que venía de higos a brevas, y sólo años más tarde comprendí que, al menos para mi padre, que la periodicidad de las visitas de la tía Tula se produjeran bajo esos tiempos era mucho mejor que de brevas a higos.

Aquella higuera goina la había plantado mi abuelo. La había traído entre vides desde su pueblo natal, al sureste de la península. Sobrevivió (con creces) a las vides, que acabaron pudriéndose en una tierra demasiado húmeda. Pero aquel árbol se hizo magnífico. Y sus frutos fueron famosos en los pueblos de la comarca. Totalmente negras, las brevas, con el cuello colorado. Si las dejabas madurar demasiado, acababan cayendo por el peso. Entonces no había remedio. Los colibríes aprovechaban para picotearla y la fruta quedaba agujereada y seca por dentro. En cambio, si la cogías a punto, su carne sabrosa se deshacía en la boca y si cerrabas los ojos y la acompañabas de un poco de queso o de membrillo de la abuela, se convertía en uno de esos manjares deliciosos de la niñez, que ni el tiempo y ni el amargor de la vida no sería nunca capaz de hacer desaparecer.

Saúco

Era mayo.

El saúco florecía, ajeno al asma del niño

Su madre recogía las flores y los frutos, todas las primaveras, justo cuando acababan de madurar. Los frutos los utilizaba para hacer mermeladas y licores, que utilizaban durante todo el invierno, como preventivo para los constipados e incluso para menguar la fiebre. Las flores las preparaba en infusiones y eran un buen laxante, además de mejorar el hígado. A veces, secas, las hervía, las ponía en una enorme olla en la mesa de la cocina  y con una toalla envolvía la cabeza del niño y le dejaba oler. El vapor se introducía en los oídos y aliviaba las largas y dolorosas otitis.

Manuel le había enseñado dos recetas básicas que ella incorporó rápidamente a la dieta familiar: la sopa de saúco, con manzanas y un poco de harina y los buñuelos, que solía hacer para septiembre, deliciosos y acompañados de un pellizco de miel del tío Enrique.

Aquel invierno hubo largas heladas. Un manto blanco cubrió durante días todo el monte. El saúco no sobrevivió. De nada sirvió cubrirlo con plásticos, ni la manta que la abuela había tejido años antes, ni el aceite con el que intentaba proteger la corteza por las noches. El siguiente mes de mayo ya no floreció. Perdió las hojas y se secó por dentro.

Ella lloró bajito, para que Manuel no se diera cuenta. Pero Manuel, durante el verano, trajo un esqueje de un nuevo saúco de la ribera del río. Con cariño lo plantó junto al otro, introduciéndolo en la tierra suavemente y presionando a su alrededor. Tuvieron la precaución de regarlo casi a diario. En primavera volvería a germinar.

Retama

Un día la musa decidió repartir la retama por el camino, para hacer más fácil la subida hasta Siurana. Hizo un pliegue con las semillas y puso una gota de agua en cada una de ellas. Luego las esparció a medida que iba volando, a un lado y a otro de los márgenes. La gota se coló entre las grietas que la sequedad de la tierra había dibujado, como arrugas en una piel clara, y arrastró la semilla con ella. Era otoño cuando la musa se marchó. En primavera, empezó a romperse todo. La planta creció y floreció, y dejó pinceladas amarillas sobre los “graus”.

Bajando por el Grau de Vincabrer y subiendo por el Grau de la Trona atardecemos entre piedras, sin medir las fuerzas para la vuelta.

A medio camino, el río se hace remanso y unas piscinas naturales nos devolverán el frío desde las plantas de los pies.

Una barca con ruedas camina hasta Santiago.

Una francesa enamorada de Barcelona me deja un mensaje en un papel. Me marca el camino de vuelta a casa. Sola.  Lanzo un guiño al otro lado de la mesa, pero no obtengo respuesta.

Un hombre de infinitos ojos azules cuenta historias, en un particular bla,bla,bla que parece no tener fin.

El río sigue. Suena de fondo, ahogando las palabras que no acertamos a entender. Yo me siento ligera, porque estoy de paso. Cierro los ojos y me tomo un café despacio.

Musgo

Recuerdo. Porque soy memoria.

Vivíamos en una casa, al pie del Tibidabo, donde los inviernos eran inviernos: fríos, con hielo, a veces nieve, …. Y los veranos eran veranos, al pie de un níspero, todo el día jugando en un jardín que hoy se me antoja salvaje.

Aquel bosque en otoño se llenaba de ardillas. Mi padre traía piñas para el fuego, que chirriaban al quemarse, como si los jugos no soportasen tanto calor. Se conocía los caminos como si fuesen los surcos de sus manos. Los recorría casi cada día limpiándolos de la maleza, cortando árboles infinitos para proteger las líneas eléctricas. Yo me lo había imaginado alguna vez salvando a Caperucita o cruzándose con los enanitos de Blancanieves.

En invierno, me llevaba con él a recoger musgo. Nos pasábamos una tarde montando el belén. Buscábamos una roca que hiciese de montaña y con papel de plata imitábamos el río. Yo juntaba piedritas blancas a escondidas, que recogía del jardín de la señora Amanda. Recuerdo a papá diciéndome que no cogiese las piedras, que entonces nacerían yerbas… Yo no entendía en aquél momento que fuese malo que naciesen yerbas. Diseñábamos un camino de arena para los camellos, desde las montañas hasta el establo, donde había una cuna vacía en la que yo a veces ponía un conejito o un pollo diminuto de plástico. Salpicaba las figuras aquí y allá. Tenía un puente para cruzar el río de plata… y hacía pasar el camino por el puente, aún sabiendo que los camellos no cabrían y tendrían que vadear el río cuando llegasen al pueblo. A veces sacaba la mula y el burro fuera del establo, como sabía que mi abuelo hacía con las vacas, cuando las llevaba a pastar, allá en Galicia. Con celo, enganchaba una estrella de cartón en la pared, imitando un cometa que se sabe que existió. Cada día movía un poco los camellos, simulando el viaje imaginario de tres hombres a un destino impreciso.. Un día el hombre negro se cayó. Y del susto salieron corriendo las ocas, que espantaron al perro del pastor..y las ovejas se fueron corriendo hacia las montañas… y quedaron esparcidas por el bosque.

Al acabar las navidades, justo el día antes de volver al cole, guardaba todas las figuras en una caja, que dormirían hasta el siguiente invierno. Entonces mamá se deshacía de las piedras blancas, de la arena del camino, de las ramitas que habían sido árboles, del musgo y del papel de plata que había sido río.

Old Pine- Ben Howard

Verdor

Cristina no abrió los ojos al nacer. Estuvo unos veinte días con los ojos cerrados. Las abuelas decían que era normal, que no nos preocupásemos, que lo extraño es lo que pasa ahora: que los niños nacen con los ojos abiertos. Y con un móvil debajo del brazo. Que eso es lo que no es normal.

Ella empezó a abrir los ojos poco a poco. Primero sólo de noche. Me tranquilizó entrever unos ojos negros, tan oscuros… y parecidos a los de una gata. Tenía las pupilas dilatadas, de la oscuridad: de la propia y de la ajena.

La primera vez que abrió los ojos por completo, todos sonreímos. Aunque no acertaba a fijar la vista en ningún objeto en concreto. Parecía que el cristalino estuviese flotando por el humor vítreo a su antojo. Eran de un color indefinido… entre una gama de marrones y grises.. Llegué a pensar que incluso tenían una pizca del color amarillo, como un reflejo de las paredes de su habitación.

Aquel verano caluroso, lo pasamos en la playa. Cuando regresamos a casa sus ojos tenían el color azul turquesa de Cala Macarelleta. Todos decían que era normal, que a los niños les cambia el color de los ojos, y que hasta que no cumpliese al menos los dos años no tendrían un color definido.  Al volver, el tono de sus ojos volvió a la gama de marrones. A días más claros y a días algo más oscuros. A mí me seguían preocupando unas pequeñas manchas amarillas aquí y allá, cambiantes, en la pupila.

Con siete años decidimos cambiarle la habitación. Cristina escogió un verde botella para las paredes y lo combinamos con un verde manzana. También cambiamos los muebles, aunque aproveché algunos de los que tenía y los restauré y los pinté también de verde…. Durante los días siguientes, después de haber pintado las paredes, desaparecieron las manchas amarillas. Sus ojos empezaron a adquirir un color similar al de los helechos en invierno, y aparecieron unas pequeñas manchitas verdes más claras.

Este año cumplirá 15 años. Quiere pintar las paredes en tonos rosas y violetas, pero se lo he prohibido. Yo ya me he acostumbrado al verdor de sus ojos.

Ojos verdes-Concha Buika