Inventario de latidos (18)

Guardo sueños

en el espacio vacío

entre mi piel y tu aliento.

Entre las uñas dejé tristezas.

El vello, perturbado, me habla del presente.

E imploro a la memoria

que me hable de errores,

para poder, quizá, evitarlos.

Prendo fuego

a una ciudad.

Cansada y perdida

curé mis heridas.

Y busco caminos y arcenes,

lugares comunes,

donde el tránsito sea fácil y  sereno.

Ven:

hagámonos el amor.

Hoy por ti, mañana por ti. JMSerrat y J.Sabina

Saúco

Era mayo.

El saúco florecía, ajeno al asma del niño

Su madre recogía las flores y los frutos, todas las primaveras, justo cuando acababan de madurar. Los frutos los utilizaba para hacer mermeladas y licores, que utilizaban durante todo el invierno, como preventivo para los constipados e incluso para menguar la fiebre. Las flores las preparaba en infusiones y eran un buen laxante, además de mejorar el hígado. A veces, secas, las hervía, las ponía en una enorme olla en la mesa de la cocina  y con una toalla envolvía la cabeza del niño y le dejaba oler. El vapor se introducía en los oídos y aliviaba las largas y dolorosas otitis.

Manuel le había enseñado dos recetas básicas que ella incorporó rápidamente a la dieta familiar: la sopa de saúco, con manzanas y un poco de harina y los buñuelos, que solía hacer para septiembre, deliciosos y acompañados de un pellizco de miel del tío Enrique.

Aquel invierno hubo largas heladas. Un manto blanco cubrió durante días todo el monte. El saúco no sobrevivió. De nada sirvió cubrirlo con plásticos, ni la manta que la abuela había tejido años antes, ni el aceite con el que intentaba proteger la corteza por las noches. El siguiente mes de mayo ya no floreció. Perdió las hojas y se secó por dentro.

Ella lloró bajito, para que Manuel no se diera cuenta. Pero Manuel, durante el verano, trajo un esqueje de un nuevo saúco de la ribera del río. Con cariño lo plantó junto al otro, introduciéndolo en la tierra suavemente y presionando a su alrededor. Tuvieron la precaución de regarlo casi a diario. En primavera volvería a germinar.

Teseo

Busco el pliegue de mi cuerpo

donde desapareció el amor y empezó

la curvatura del sexo.

Tengo áspera la lengua

Secas las cuencas

Húmeda la cueva

A lo lejos, la luz de la vela

abre el vientre

de una madre

que,

amorosa,

busca el cordón umbilical

de una hija no nacida

La vida aparece tenue

en el pico de un gorrión

que apenas vuela.

Se alza la voz del poeta

y engulle a su paso

las migas de pan

que fuimos dejando

para la vuelta.

El hijo del panadero busca a Teseo

entre carbones.

Searching for Peeta

Corteza

Ando despojándome de lo superfluo.

Como si la corteza del invierno me sobrase.

Florecieron los almendros y los cerezos en el valle del Jerte.

Te robé una mirada.

La voz se quebró y me faltó un instante

Soñé que un árbol supuraba mi sangre.

y tú la recogías en una cáscara de nuez para entregarme

la

El sueño me despertó

Y del temblor de mis labios nació una burbuja que

al caer al suelo se

transformó en brezo.

Y la corteza cayó

y me dejó desnuda ante mi propia vida

conectando los puntos

que he ido dibujando por el camino.

Retama

Un día la musa decidió repartir la retama por el camino, para hacer más fácil la subida hasta Siurana. Hizo un pliegue con las semillas y puso una gota de agua en cada una de ellas. Luego las esparció a medida que iba volando, a un lado y a otro de los márgenes. La gota se coló entre las grietas que la sequedad de la tierra había dibujado, como arrugas en una piel clara, y arrastró la semilla con ella. Era otoño cuando la musa se marchó. En primavera, empezó a romperse todo. La planta creció y floreció, y dejó pinceladas amarillas sobre los “graus”.

Bajando por el Grau de Vincabrer y subiendo por el Grau de la Trona atardecemos entre piedras, sin medir las fuerzas para la vuelta.

A medio camino, el río se hace remanso y unas piscinas naturales nos devolverán el frío desde las plantas de los pies.

Una barca con ruedas camina hasta Santiago.

Una francesa enamorada de Barcelona me deja un mensaje en un papel. Me marca el camino de vuelta a casa. Sola.  Lanzo un guiño al otro lado de la mesa, pero no obtengo respuesta.

Un hombre de infinitos ojos azules cuenta historias, en un particular bla,bla,bla que parece no tener fin.

El río sigue. Suena de fondo, ahogando las palabras que no acertamos a entender. Yo me siento ligera, porque estoy de paso. Cierro los ojos y me tomo un café despacio.

Agua

Se soñaron.

Se soñaron convertidos en una bola de fuego.

Imparables.

Como el momento de ignición de un cohete

Se miraron y no se reconocieron.

Ella le tocó la mano.

Él se convirtió en viento

Subió hasta el cielo y una golondrina aprovechó la corriente para subir.

Ella se transformó en agua.

Completamente líquida cayó formando un charco.

Se mezcló con la tierra y se hizo toda de barro.

Nuevamente inventados se soñaron

Se soñaron una y otra vez.

Sabiendo que ya no serían los mismos.

The Departure- Michael Nyman